Los que no creemos en el destino tenemos una cierta afinidad por el dramatismo ante nuestros movimientos, ya que sus consecuencias son enteramente responsabilidad nuestra. Asumo que la visión teísta del destino es también contraria a nuestra fatalidad. Todo lo que hacemos tendrá un después, y es un propósito en la vida intentar que no nos pesen el resto de nuestros días, revisando una y mil veces lo que hicimos, por qué lo hicimos y por qué no podemos volver atrás a rectificar.
Todos alguna vez hemos tenido uno de esos momentos en los que solos antes nuestra conciencia, ambición, dolor, o como quieran llamarlo, nos hemos arrepentido de lo hecho. Quienes encuentran consuelo en dioses, hadas, destinos, suerte o demás maquinaciones de la mente humana se consolarán identificándose con la rama que baja el río sin remedio, pero lo que no tenemos esa salida debemos enfrentarnos a solas con todo lo que tanto pesa a solas. A veces sólo nos lleva un instante entender que nos equivocamos y que nada más podemos hacer. Que fue una decisión justa en un momento justo, que hicimos lo que pudimos, o lo que sabíamos hacer. Pero otras veces no somos más que pasto para ese animal impasible que es la conciencia, cuando actúa como la mía.
Existen algunos pensamientos que rebotan una vez y otra en mi cabeza, que desaparecen y vuelven a aparecer cuando encuentran huecos por los que moverse. Algunos nacieron hace muchos años, otros son más jóvenes, pero con tanta fuerza que llegan a nublar el pensamiento del ahora. Es un cuadro parecido a la obsesión, si no lo es ciertamente. Pero siempre termina su paseo por mi mente con un por qué lo hiciste, me quiere hacer daño y lo hace.
Todo cambia en un instante cuando andamos por las ramas de la vida, un cambio de dirección, una inseguridad, una falta de decisión, una decisión tomada precipitadamente, un conocido que dice ven, un tren perdido. Estamos a merced del viento de las circunstancias, todas nos golpean con fuerza todos los días, a todas horas, y lo extraño es que sigamos en nuestra rama. En nuestra tranquilidad diaria, con los nuestros mucho tiempo.
He tomado decisiones importantes en mi vida y de todas me alegro, pero de todas me arrepiento también. Mi vida podría haber sido otra, ni mejor ni peor, pero diferente, y no la estoy viviendo. Es un sentimiento que entiendo no es fácil de entender o de compartir, pero es lo que siento en estos días.
Una canción que habla de oportunidad perdida, y que resume en un “por qué no puede ser mía” en una de las estrofas finales, es Black de Pearl Jam. Su tono de queja, de derrota ante lo que se ha perdido es totalmente comprensible, no todos valemos para darnos palmadas en la espalda y sonreír a la vida. Es una actitud genética de la que no todos disfrutamos.